Estas dos pinturas nacieron de mi amor por el café y el profundo significado que tiene en mi vida, en mi país natal, Nicaragua, y en toda Latinoamérica. Para nosotros, el café es más que una bebida; es un ritual, una pausa, un momento de conexión.
Para mí, el aroma del café me transporta instantáneamente a mi casa en León, Nicaragua. Me trae la voz de mi abuela, resonando por las habitaciones. También me trae la presencia de mi madre y mis hermanos, las mañanas compartidas, los gestos tranquilos y los momentos cotidianos que moldearon mi sentido de hogar. Me trae las conversaciones con amigos durante las tardeadas : esas tardes que pasamos sentados juntos, tomando café, hablando, riendo y simplemente estando presentes. El tiempo transcurría despacio entonces, pero a la vez estaba pleno.
En Latinoamérica, el café suele marcar el ritmo de la vida cotidiana. Reúne a la gente en torno a la mesa, invita a la conversación y crea un espacio para compartir historias, ya sea que la vida se sienta fácil o pesada en ese momento. Hay una profunda belleza en esta simplicidad: aceptar la vida como viene, encontrar calidez y significado en pequeños rituales y permitirnos hacer una pausa.
Estas pinturas me transmiten ese sentimiento. Hablan de calidez, memoria y pertenencia. De cómo una simple taza de café puede albergar generaciones, voces y emociones. De encontrar la felicidad en las pequeñas cosas, en un momento compartido, en un aroma familiar, en una pausa en el día.
Estas obras también son un homenaje a las manos detrás de cada taza de café: a quienes trabajan los campos con paciencia, fuerza y esmero. El café narra la historia de las mañanas tempranas, la tierra calentada por el sol y generaciones de conocimiento transmitido de generación en generación. Habla de resiliencia, humildad y dedicación discreta. Esta es mi gente: trabajadora, arraigada y profundamente conectada con la tierra. A través de estas pinturas, quise honrar su labor, su dignidad y la belleza que nace del esfuerzo, el cuidado y el amor.
El café me recuerda que la vida no tiene por qué ser perfecta para ser hermosa. A veces, solo necesitamos un momento de quietud, una conversación y la tranquilidad reconfortante de algo familiar: un recordatorio del hogar, de la familia y de quiénes somos.
Lucía
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